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WARÓ RIPÁ




WARÓ RIPÁ

mato grosso, brasil. 2013

El equipo de TIBÁ pasó un mes en tierras Xavantes. Ellos se autodenominan A’uwẽ Uptabi, pueblo verdadero y hoy viven entre el estado de Mato Grosso en una región semiárida, llena de buritis, cajueiros y jatobás. Este encuentro que tardo seis meses para ser concretizado dio origen al Proyecto TIBÁuwẽ.


Al inicio nos quedamos diecisiete días en Waró Ripá, también conocida como Aldea Santa Cruz. Ahí realizamos la construcción de la “Casa de Cura”, en donde el cacique Tsumené realizara las prácticas de curanderismo, aplicando su conocimiento en plantas medicinales y los rituales energéticos.






Tibanos y niños pisando la masa para los adobes.

En Waró Ripá tuvimos un intercambio cultural intenso que a los pocos fue solo aumentando. Por no tener luz eléctrica, los A´uwẽ luchaban para conservar sus costumbres tradicionales, uno de ellos era el warã. Participamos todos los días de esa reunión de los hombres en el centro de la aldea para conversar y decidir sobres los asuntos cotidianos, un tema recurrente era la interacción con los vecinos “wradzus” (no indígenas) y los problemas que esto generaba. Los ancianos hacían sus sugerencias y el cacique articulaba las propuestas a la comunidad. Todas las decisiones eran tomadas colectivamente.

Al principio de la conversación solo participaban los hombres, pero cuando terminaban, las mujeres entraban en la rueda y celebrábamos cantando y danzando por casi una hora. Sin duda esa experiencia fue muy importante para nuestra aceptación en la aldea, ya que a través de la danza y del canto a los pocos quebramos las barreras socioculturales que existían entre nosotros.




Los primeros días fueron de adaptación en el local, observación de su sistema constructivo y reconocimiento de la zona semiárida, debido a que usaríamos los materiales encontrados en ese ecosistema.

Después de una reunión con el colectivo, quedo decidido que la casa se construiría en forma de hexágono y que el techo sería responsabilidad de los A’uwẽ, ya que la tecnología de maderamiento y encajes de ellos es increíble.










Al inicio los A´uwẽ mostraron cierto desinterés en relación a la construcción. Algunos pasaban, veían, pero luego regresaban a sus casas. Para ellos no estaba claro cuál sería el proyecto. Su participación en la obra solo ocurrió, de hecho, cuando representamos gráficamente el símbolo de los dos clanes (Öwawẽ y Poreza'ono) en las paredes de la entrada de la casa.

Esa identificación visual fue emblemática para conseguir el dialogar con ellos. “No estábamos haciendo cualquier casa, era una casa con mejoramientos de bioconstrucción y concepto Xavante, eso los motivó.






Las mujeres Xavantes iban a buscar la palma con las mujeres Tibanas, ya que por tradición ese trabajo solo puede ser hecho por ellas.

En todo momento fue necesario mucho trabajo porque diariamente teníamos que buscar materia prima, en general muy cerca de la aldea. Los únicos gastos monetarios fueron los clavos para fijar las estructuras de madera y gasolina para que la Van pudriera ir por los materiales a localidades lejanas. La propuesta de la casa era mezclar la arquitectura ritual A’uwẽ con la bioarquitectura Tibana y nuestra gran contribución fue la construcción con tierra, desconocida para ellos.





Fue necesario madera para hacer la estructura de la casa y piedras para levantar los cimientos. Las palmas provenientes de una palmera conocida como Resú, las colocamos en el techo y en algunas paredes.


Los bambús sirvieron para la estera de bahareque. Tierra, arena, agua y palmas fueron los materiales necesarios para la elaboración de la mezcla del bahareque. En las paredes usamos tintas naturales y para fijarla mejor hicimos un engrudo con harina de trigo, sal, agua e los colores negro y rojo provenientes del carbón y arcilla.






En el acabado final de estas paredes usamos baba de termita (partes del termitero abandonado mezclado con agua) para hacer la impermeabilización. Con la participación de todos, el sentimiento de concretizar ese sueño ganó mucho más fuerza y la “Casa de Cura” quedo lista. Ese intercambio de conocimientos resulto en una rica fusión arquitectónica.






El trabajo de los hombres A’uwẽ era de fuerza, por eso iban por maderas y bambú con los waradzus. Hicimos fundaciones de piedra de aproximadamente 40 cm en toda la casa, las paredes de enfrente y del fondo de bahareque y las otras de palma. 









Aprendimos hacer artesanías, pulseras de fibra de embira y bolsas de palma, a elaborar arcos y flechas, a pescar, a pronunciar palabras en A’uwẽ, a cantar y danzar con ellos. Participamos también de los rituales y en la fiesta final de celebración tuvimos un día lleno de actividades culturales. 



















Hubo juego de fútbol, cable de guerra, almuerzo colectivo y pintura corporal con carbón y urucum.


En esa pintura ellos usaban su saliva para untar mejor las tintas naturales en nuestro cuerpo, era extraño, pero ese líquido era necesario.  En la confraternización experimentamos como es vivir en comunidad, cooperando para el colectivo y compartiendo la comida, las alegrías y las experiencias.












Esa unión de saberes fue vital para reflexionar sobre la relación entre el hombre y la naturaleza. Nosotros, waradzus, con acceso a tantas tecnologías, fuimos perdiendo los conocimientos ancestrales y encontrarnos nuevamente con ellos fue maravilloso porque volvimos a entender la fuerza de la tierra.

Toda esta vivencia fue importante para conocer, entender y encantarnos con un Brasil tan sin reconocimiento, un lugar de lenguaje y costumbres tan diferentes de las nuestras, pero repleto de sabiduría y misticismo.